Si yo pudiera describir su mirada. Hay un espacio ahí que nadie quizá pueda descifrar. Un espacio con coordenadas traspuestas, para el buscador incansable. Un lugar inaccesible, un absoluto misterio.
Quizás por ello y por otras cosas él se le había vuelto imprescindible. Ella quería descifrar los códigos ocultos, traducir el espejo que invariablemente estaba vuelto hacia una luna cabizbaja y sorda a los rumores humanos. Porque además, así era él, impenetrable. Pero no existe un único camino. Y seguramente ella erró la senda. No obstante tarde lo descubrió. Se dio cuenta cuando él ya se había enraizado en lo más profundo de su corazón. Y ella que creía haber vivido tanto. Haber vivido todo no es suficiente para conocer una vida y que ésta permanezca latente en nuestro corazón.
Si yo pudiera encontrar el acertijo. O enunciarlo. Pero entonces está el miedo a perder el encanto, a no poder inventarse una y otra vez, como si esto fuese una necesidad imperiosa, un mandato divino. Lo que se le olvida a esta mujer es que simplemente no podemos disponer de nada a nuestro antojo. Lo que ella sueña, vive invariablemente en esa tierra que no existe, porque los sueños sólo son en esa categoría. ¿Y qué es lo que sueña? Me pregunto una y otra vez. Ella sueña con su mirada y que habita en ella.
Pero qué digo, si él vive detrás del cristal que primorosamente haz pulido y sacado brillo para que reluzca. Él no es de esta esfera ni de este mundo.
Elena estaba cansada de esperar a Andrés. Llevaba media hora sentada en un escalón de la puerta de un edificio estropeado, enmohecido por la rutina centenaria. Habían quedado, como siempre lo hacían después de las continuas peleas, de tratar de conversar una vez más. Quizás Andrés ya estaba cansado de todo esto, de este ir y venir de palabras, de este absurdo interrogatorio. Ya estaban acostumbrados a sepultarse bajo la arena ante el más mínimo desencanto y a salir de ella a tenarazos, defendiendo hasta la última integridad a pesar del caparazón y la defensa.
La discusión de la otra vez había empezado con algo absurdo. Elena le echaba en cara el descuido de él al no contestar sus llamadas. Pero él seguía mudo bajo los olmos de la avenida y parecía pensar en otra cosa. Lo que Elena quería realmente expresar era el desconcierto que le producía su mirada, ya que ésta lo único que comunicaba era un profundo desaliento. En un momento, Andrés quiso contestar, pero una nueva avalancha de aspectos disímiles y olvidados surgía de repente de esa relación. Aspectos que él ni siquiera había atisbado. Nunca pensó que tales detalles podrían desconstruirla…
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