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Un libro llamado Inshallah… (2) julio 19, 2007

Filed under: comentarios de libros,Literatura — Juan Pablo @ 4:32 am

Por: La Fuerza de la Razón 

   Hablabamos aquí sobre el espectacular libro de Oriana Fallaci titulado Inshallah. Lo que comparto ahora con ustedes es el comienzo del capítulo 2, un relato mitad histórico y mitad literario, sin que se de uno en desmedro del otro (habilidad tan carácterística de su autora). Trata sobre la historia reciente de Beirut, desde la llegada de los Palestinos, hasta el conflicto generado en 1982 por al intervención de Israel.

   Vale la pena leerlo, y reflexionar sobre un par de cosas: primero, sobre la maldades que puede llegar a cometer el ser humano; y segundo, sobre las causas del conflicto en el Líbano, lo que ciertamente ayuda a entender las noticias actuales, protagonizadas por grupos extremistas como Fatah al Islam.

   Ahora el texto:

   «Por un tiempo que a muchos parecía inmemorial y que en cambio se remontaba a un pasado reciente, Beirut había sido uno de los lugares más agradables de nuestro planeta: un lugar comodísimo para vivir y para morir de vejez o enfermedad. Ya fueras rico y corrupto, ya fueras pobre y honrado, allí encontrabas lo mejor que una ciudad puede ofrecer: clima suave en verano y en invierno, mar azul y colinas verdes, trabajo, comida, despreocupación que vendía cualquier placer, y sobre todo una gran tolerancia porque pese a la babel de razas y lenguas y religiones sus habitantes no estaban enfrentados. Los musulmanes chiítas o sunnitas convivían en armonía con los cristianos maronitas u ortodoxos de rito griego o católicos, los unos y los otros con los drusos y los judíos, las letanías del muecín se mezclaban con desenvoltura al sonido de las campanas, en las iglesias no se maldecía a los fieles de las mezquitas, en las mezquitas no se maldecía a los fieles de las iglesias, en las sinagogas no se despreciaba a los fieles de las unas o de las otras, y por doquier se celebraban sin problemas los ritos de los diecinueve cultos permitidos por la Constitución. Existía un régimen más o menos democrático, se respetaban las libertades civiles, se cometían y admitían demasiados pecados incluso. Y la gente se mataba por venganza o por celos, por robo o por asuntos del hampa, no por odio impuesto, ideas preconcebidas, fanatismo o exigencias militares. La guerra no existía. Un vago recuerdo las matanzas con que las dos tribus principales, la cristiana y la musulmana, se habían inmolado hasta pocos años antes. Una historia olvidada las invasiones perpetradas a lo largo de los siglos por los griegos, los romanos, los cruzados, Saladino, otra vez los cruzados, después los turcos, los occidentales, siempre atraídos por su posición geográfica y por las ventajas económicas que de ella obtenían. En 1946 había concluido el mandato francés, y junto con la independencia, había dejado un bienestar que amalgamaba a los diversos grupos. Los incorporaba mediante la fe en el único dios en que los hombres creen sin límites y sin reservas: el dios Dinero.

  

La llamaban la Suiza del Oriente Medio, en aquella época, y era una ciudad tan hospitalaria que acogía con entusiasmo a todo aquel que solicitase refugio o fortuna: aventureros, perseguidos políticos, estafadores, espías, fracasados, desesperados en busca del Paraíso Terrenal. De los barcos, de las naves, de los aviones, desembarcaban a millares todos los días. Muchos de ellos para quedarse y hacerse ricos. Además era una ciudad hermosa, aunque no poseyera monumentos excelsos, y su belleza no consistía sólo en un paisaje encantador. Quintas espléndidas se alzaban en las colinas embellecidas aún por los cedros del Líbano, y jardines cuidados, miradores embaldosados con soberbios mosaicos alejandrinos. Residencias fastuosas y exquisitas villas art déco alegraban el parque llamado El Pinar, tan exuberante que el olor a resina se sentía a kilómetros de distancia. Junto al parque, un magnífico hipódromo circundado por caballerizas que custodiaban los más preciados purasangres de la época. Cerca del hipódromo, un museo en el que podías admirar los sarcófagos antropomorfos de los antepasados, los fenicios, y los hallazgos arqueológicos de las excavaciones de Biblos. Lujosos hoteles como el mítico Saint George, orlaban el soleado paseo marítimo, y night-clubs exclusivos, restaurantes famosos por sus vinos y su chef. No faltaba miseria, claro está. La opulencia se nutre de la miseria ajena. Pero no había hambre y en todos los barrios encontrabas muestras de prosperidad. En la zona oriental, por ejemplo, había una grandiosa Cité Sportive que albergaba un estadio para cincuenta mil personas, dos piscinas olímpicas, una para las competiciones de natación y otra para las de salto, dos campos de tenis, dos de baloncesto, y alojamientos para los atletas, bar, solárium. En la calle llamada Galerie Sernaan tiendas rebosantes de mercancías atraían clientes de todas las partes del mundo y en los bancos se pagaban intereses de vértigo: a quien quería duplicar rápido su dinero le bastaba con depositarlo en Beirut. También había buenas escuelas para combatir el analfabetismo, buenos talleres de artesanía para aprender oficios, una ilustre universidad americana y una no menos ilustre universidad católica proporcionaban excelentes profesores tanto en las materias científicas como en las humanísticas. Los hospitales funcionaban bien. Abundaban los teatros y las salas de conciertos y los cines. El tráfico era rápido y fluido en las amplias avenidas de dos carriles, los sólidos viaductos, las elegantes glorietas es decir las plazas circulares que los franceses habían construido a imagen y semejanza de los ronds-points parisinos, y en la extraordinaria Corniche que subía del este al norte para bordear la costa septentrional y después alcanzar el promontorio nordoccidental y descender hacia el sur en el hermoso litoral acariciado por el viento. La construcción era una industria floreciente. El plan de ordenación territorial no tenía nada que envidiar al de las modernas capitales europeas. Una carretera excelente conducía a Damasco, un eficiente ferrocarril llevaba a Alepo. El puerto, uno de los más equipados y frecuentados del Mediterráneo, dispensaba ganancias fabulosas. El aeropuerto, donde hacían escala diariamente centenares de vuelos con destino a Asia o procedentes de Asia, contribuía en igual medida a llenar los bolsillos de la ciudad. Y, si tanta prosperidad se veía corrompida por un puñado de multimillonarios rnafiosos que controlaban la economía, pues paciencia. Si entre ellos se distinguía un tal Pierre Gemayel, es decir, el padre de Bachir y Amin, y un tal Karnal Jumblatt, es decir, el padre de Walid, pues paciencia. Admirador de Mussoliní y fundador del cuerpo paramilitar conocido como la Falange, el primero. Precursor del tráfico de hachís que recogía en la Bekaa con su avión personal, el segundo, además de patriarca de los drusos, los de los amplios calzones cerrados en tomo a las rodillas para cagar en ellos el Mesías que según sus misterios teológicos será parido o mejor dicho defecado por un hombre. Ningún paraíso terrenal es perfecto, la paz bien vale alguna indecencia, y pese a ello Beirut lograba ser un lugar casi feliz. (El “casi” indica la cautela a la que hay que recurrir cuando se usa el equívoco adjetivo “feliz”.)    Pero un día aciago habían llegado los palestinos. Habían llegado con su rabia y su dolor y su dinero. Mucho, muchísimo dinero. Y gracias a aquel dinero, como en Beirut se podía comprar todo menos la inmortalidad, se habían comprado el permiso para establecerse en tres zonas de la periferia musulmana: Sabra y Chatila, dos barrios contiguos a la Cité Sportive, y Boulji el Barajni, un barrio situado hacia la mitad de la Rue de l’Aérodrome. Allí, utilizando la misma lógica que los israelíes que les habían robado la patria, se habían instalado en el lugar de los chiítas que desde siempre habían vivido en Sabra y Chatila y en Bouffi el Barajni. Los habían desalojado de sus casas, los habían expulsado, los habían subyugado. Se habían ap?derado de sus patios, habían cerrado las calles para construir en ellas nuevos edificios y, no contentos con esos abusos, habían superado los límites del territorio que se les había concedido y se habían instalado en algunos barrios cristianos. Por último, sordos a las disensiones que la nueva invasión provocaba, habían instaurado un Estado dentro del Estado: una nación con sus leyes, sus bancos, sus escuelas, sus clínicas, su ejército. Un auténtico ejército, provisto de uniformes, cuarteles, tanques y cañones de largo alcance. Una máquina mil¡tar a la que sólo faltaba la marina y la aviación, pero que, gracias a la mafia local, recibía toda clase de material incluido el necesario para excavar otra ciudad. Porque, poco a poco, bajo el suelo de la ciudad robada habían excavado otra ciudad: invisible e inexpugnable. Un laberinto de catacumbas que custodiaban toneladas de armas y municiones, de galerías que contenían dormitorios para los combatientes y quirófanos y centrales de radio, accesos secretos y túneles bien ventilados que a veces se extendían por kilómetros y kilómetros y desembocaban en la playa del litoral acariciado por el viento. Una inmensa fortaleza subterránea, en una palabra. Una obra maestra de ingeniería. Al mismo tiempo habían reforzado sus campamentos del Líbano meridional, en particular los de la zona fronteriza con Israel, y sin preocuparse de las represalias a menudo feroces con que el gobierno de Jerusalén castigaba al país culpable de albergarlos o sufrirlos, habían intensificado los ataques a los kibbutzim. Entonces Beirut se había rebelado. 0 mejor dicho, se habían rebelado los grupos que podían permitirse semejante lujo: los cristianos, los falangistas de Gemayel padre. Choques, al comienzo, escaramuzas locales. Pero los choques no habían tardado en degenerar en batallas, las batallas en matanzas como la matanza de Damour, villa cristianomaronita donde los palestinos habían asesinado por represalia a docenas de viejos y mujeres y niños, las matanzas en una guerra civil propiamente dicha. Y la Suiza del Oriente Medio se había transformado en un lúgubre escenario de casas reducidas al esqueleto, edificios demolidos, paredes agujereadas por millones de proyectiles, montañas de cadáveres que inficionaban el aire que antes olía a resina. Por último, gracias a un armisticio firmado por resignación y cansancio, en un Berlín dividido en dos. En el levante la zona cristiana o Beirut oriental, en el poniente la zona musulmana o Beirut occidental, en medio un límite llamado Línea Verde que dividía la población de norte a sur y concedía el puerto a los cristianos y el aeropuerto a los musulmanes pero que en resumidas cuentas beneficiaba a los segundos es decir a los palestinos. Para ellos la mayor parte de la superficie, la mayor parte de la costa, todo El Pinar, la Ciudad Vieja con los barrios más prósperos, las carreteras de acceso al Líbano meridional. Al beneficiarlos los convertía en dueños absolutos, aumentaba su agresividad y su arrogancia, facilitaba su dominio de la frontera con Israel y los ataques a los kibbutzim. Conque, otro día aciago, habían llegado los israelíes.

   Habían acudido con un ejército flanqueado por la marina y la aviación, conocido por la dureza con que siempre había afrontado al enemigo, y en pocos días habían alcanzado la zona oriental de Beirut. Allí habían sido detenidos por los palestinos, que junto con sus aliados sirios defendían la Línea Verde con uñas y dientes. Inútil intentar desbaratarla: penetrarla por ejemplo en el trecho del Pinar, menos dificil porque no estaba tan colmado de casas. Cada árbol ocultaba a un guerrillero decidido a no retroceder un paso, el hipódromo pululaba de tropas selectas y artillería móvil, el museo representaba una trinchera infranqueable. En otras partes, igual. El avance del ejército conocido por la dureza con la que siempre había desbaratado al enemigo se había convertido en un asedio, y el asedio había durado más de dos meses. Durante casi diez semanas, día tras día, noche tras noche, Beirut oriental había sido crucificado por los bombardeos aéreos, los bombardeos navales, los cañonazos. Una orgía de fuego procedente del cielo, de la tierra, del mar. No veías sino llamas, allá abajo, edificios que saltaban en pedazos. Pero también Beirut oriental ardía, machacada sin tregua por los morteros y los cañones y los cohetes de los asediados. Los disparaban desde el norte y desde el sur, y desde la Cité Sportive en cuyo estadio los palestinos habían instalado los Sherman modificados y los M48 del calibre 105. En cambio en los campos de tenis y de baloncesto habían colocado los morteros y los Bm2l para lanzar los Katiushas, en los soláriums las baterías antiaéreas. Y otras sobre los tejados de las embajadas o los hospitales señalados con el símbolo de la Cruz Roja. No se andaban con escrúpulos. Utilizaban con cinismo cualquier cobertura. Y gracias a la ciudad subterránea que encerraba en sus entrañas armas y municiones suficientes para resistir un año, no se rendían. Pero al final se habían rendido. Obligados por la escasez de agua y comida, cansados de vivir en las galerías y en los túneles, doblemente odiados por los chiffas que fuera de las galerías y de los túneles morían como moscas, se habían dirigido a los occidentales para que hicieran gestiones ante Jerusalén y en Jerusalén habían respondido con una disyuntiva irrevocable: o evacuaban Beirut y el resto del país, o se resignaban a un baño de sangre. Habían optado por la evacuación con tal de que se realizase bajo el escudo de las Fuenzas Multinacionales y, tras haber minado algunas galerías de la ciudad subterránea, haber tapiado los accesos principales, casi diez mil de ellos se habían ido para diseminarse por Siria, Túnez, Libia o Yemen del Sur. Sólo se habían quedado los viejos, los mutilados, los niños, las mujeres, y los que se calificaban de no-combatientes: otras diez mil personas bien confinadas ahora dentro de los límites de Sabra, Chatila, Bouffi el Barajni. Después también las Fuerzas Multinacionales que habían acudido a proteger la evacuación, un contingente de americanos, uno de italianos, uno de franceses, habían abandonado Beirut. Los israelíes se habían instalado allí como vencedores, con su beneplácito el hijo menor de Gemayel había pasado a ser presidente, y sobre el infierno de aquellos años había descendido una especie de paz. Pero la hermosa ciudad que había sido uno de los lugares más agradables de nuestro planeta, un lugar comodísimo para vivir y morir de vejez o enfermedad, había dejado de existir.

   Ruinas las espléndidas quintas en las colinas donde los cedros del Líbano no volverían a crecer nunca más y donde el verde se apagana en el gris de las piedras. Polvo de mármol los soberbios mosaicos alejandrinos de los miradores, reducidas a escombros o saqueadas las fastuosas residencias y las exquisitas villas art déco, reducidos a meros troncos ennegrecidos o tocones espectrales los árboles del Pinar. Demolido el magnífico hipódromo, derrumbadas las caballerizas, muertos los preciados purasangres, devastado el museo con los hallazgos arqueológicos de Biblos y los sarcófagos antropomorfos de los antepasados fenicios. Irrecuperables los lujosos hoteles que orlaban el paseo marítimo asolado, el mítico Saint George, los night-clubs exclusivos, los restaurantes famosos por sus vinos y por sus chefs. Resquebrajada la grandiosa Cité Sportive, arrasadas las tiendas de la Galerie Saaman, en ruinas las iglesias, las mezquitas, las sinagogas, las oficinas de los bancos que pagaban intereses de vértigo. Intransitables por las simas abierias por las bombas las amplias avenidas de dos carriles,los sólidos viaductos, las elegantes glorietas construidas a imagen y semejanza de los ronds-points parisinos. Semiinutilizable el puerto, inservible el aeropueno, llenos de trampas explosivas los edificios que los diez mil evacuados se habían divertido minando junto con la ciudad subterránea. Y, por doquier, escombros, escombros, escombros. Cadáveres, cadáveres, cadáveres. Bourji el Barajni, el barrio más castigado, parecía un desierto de piedras. Allí no distinguías ni siquiera los vestigios de las aceras, de las callejuelas, y afortunado era quien encontraba algún ladrillo o algún trozo de chapa para reconstruirse de cualquier manera una barraca. Menos demolidas estaban Sabra y Chatila donde muchos habían sobrevivido gracias también a los refugios clandestinos excavados bajo las casas. Sin embargo, dos semanas después habían lamentado amargamente no haber muerto durante el asedio. Porque dos semanas después, el joven presidente hijo de Gemayel había sido asesinado con una carga de tritol junto con sesenta de sus par-tidarios y, no sabiendo con qué grupo o adversario emprenderla, los falangistas habían acometido a los palestinos de Sabra y Chatila a merced ahora de quien quisiese hacerles expiar los años de abusos y la culpa de haber llevado la guerra a Beirut. Una matanza que había horrorizado incluso a quien no comprende que pintar la Capilla Sixtina y escribir HamIet y componer el Nabucco y trasplantar corazones e ir a la Luna no nos hace superiores a los animales. 

   Recordando la matanza sufrida en Damour, los falangistas de Gemayel padre se habían lanzado al ataque a las nueve de la noche de un miércoles. Un caluroso miércoles primero de septiembre por la noche. Y con la complicidad de los israelíes, siempre contentos de satisfacer su inagotable sed de venganza, habían rodeado los dos barrios para bloquear todas las vías de salida. Una maniobra tan veloz, tan perfecta, que pocos habían tenido tiempo de ocultarse o intentar la fuga. Después, orgullosos de su fe en Jesucristo y en san Marón y en la Virgen, protegidos por los hijos de Abraham. que les iluminaban el camino con reflectores, habían irrumpido en las casas. Se habían puesto a matar a los desgraciados que a aquella hora estaban cenando, viendo la televisión o durmiendo. Habían continuado toda la noche. Y todo el día siguiente. Y toda la noche siguiente, hasta el viernes por la mañana. Treinta y seis horas seguidas. Sin cansarse, sin detenerse, sin que nadie les dijera “basta”. Nadie. Ni los israelíes, naturalmente, ni los chiítas que vivían en los edificios contiguos y desde las ventanas contemplaban aquella ignominia. Y afortunados fueron los hombres asesinados al instante con ráfagas de metralleta o a bayonetazos, afortunados los viejos degollados en la cama para ahorrar municiones. A las mujeres, antes de fusilarlas o degollarlas, las habían violado, sodomizado. Sus cuerpos, panes de mantequilla para diez o veinte violadores por tumo. Sus recién nacidos, dianas para el tiro al blanco con armas blancas o de fuego: deporte imperecedero en el que los hombres que se consideran superiores a los animales siempre han sobresalido y que desde hace siglos se llama la matanza-de-Herodes. Un muchacho herido había conseguido escapar pese al bloqueo de las vías de salida y refugiar-se en el pequeño hospital que tres médicos suecos regentaban frente a Chatila. Pero los soldados de Herodes lo habían alcanzado y liquidado mientras yacía en el quirófáno. Empujón al cirujano que extrae el proyectil, pistoletazo en la sien a la enfermera palestina que intenta oponerse, y listo. Al amanecer del viernes, cansados de darles caza y matarlos uno por uno, habían minado las casas en cuyos sótanos se habían escondido los supervivientes. Casi todas casas de Chatila. Después habían abandonado el barrio cantando, fanfarrones, himnos de guerra y dejando tras sí una carnicería de película de terror. Niños de dos o tres años que pendían de las vigas de las casas dinamitadas como pollos desplumados y colgados de los ganchos de una carnicería. Recién nacidos despachurrados o cortados en dos, madres paralizadas en el inútil gesto de protegerlos. Cadáveres semidesnudos de mujeres con las muñecas atadas y las nalgas manchadas de esperma y estiércol. Pilas de hombres fusilados y cubienos de ratones que les comían la nariz, los ojos, las orejas. Familias enteras volcadas sobre las mesas puestas, viejos degollados en las camas rojas de sangre coagulada, y un hedor insoportable. El hedor de la descomposición incrementado por el intenso calor de septiembre. Quinientos muertos, se había dicho al principio. Pero pronto los quinientos se habían convertido en seiscientos, los seiscientos se habían conveilido en setecientos, los setecientos se habían convertido en ochocientos, novecientos, mil. Habían hecho falta dos bulldozers par-a excavar la fosa común, casi un día para arrojarlos a todos a ella. Y, presa del pánico, el gobierno había vuelto a llamar a las Fuer-zas Multinacionales. “Socorro, venid a traemos un poco de paz, socorro.”

   Cuatro mil entre americanos, italianos, franceses, más los cien de la representación inglesa, que al desembarcar se hacían la ilusión de que permanecerían sólo unas semanas. En cambio llevaban allí más de un año y lejos de haber aportado la paz estaban empantanados en una nueva guerra. En efecto, ahora en la zona occidental mandaban los chiítas. El panido filojomeinista que los reclutaba, el partido Amal, constituía otro Estado dentro del Estado: otra tiranía dentro de la tiranía. El nuevo presidente, hermano del asesinado, administraba sólo la zona oriental y un ejército dividido entre quienes llevaban la cruz al cuello y quienes no la llevaban. Por si fuera poco, el alucinante mosaico de grupos y grupúsculos había parido la secta jomeinista de los Hijos de Dios, que se había dado a conocer con los dos camiones karnikazes.»

   Es todo. Dado lo íntimamente ligado que está esto a la historia palestina, aprovecho también de recomendar aquí un estudio titulado La verdadera Identidad de los Palestinos, citado por AMDG aquí.

   Yo creo que el principal motivo del conflicto en Medio Oriente es un odio muy grande que tiene el Islam hacia los judíos, no pudiendo soportar que éstos recuperen una tierra que han reclamado por siglos y sobre la cual se basa su cultura.  Este odio queda en evidencia con las Conferencias que realiza Irán a fin de negar el Holocausto. En todo caso, no hay que idealizar ni santificar a ninguno de los actores involucrados, por supuesto. Pero llama la atención tanto alboroto causado por un terruño tan miserable.

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