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Un libro llamado Inshallah… (3) julio 19, 2007

Filed under: comentarios de libros,Literatura — Juan Pablo @ 4:33 am

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 Por La Fuerza de la Razón

¿Cómo introducir este texto? Quizás debo limitarme a contextualizarlo: se encuentra dentro del libro Inshallah, de Oriana Fallaci. El libro trata sobre la guerra (y, específicamente, sobre la Guerra Civil Libanesa). Cuenta la historia del contingente italiano apostado en Beirut bajo el mandanto de Naciones Unidas, desarrollándose la historia de forma coral.  Uno de los personajes aparece tangencialmente en el relato, casi como un espectador: es llamado simplemente como “el Profesor”, y resulta ser el alter ego de Oriana (decidi incluir en este texto el fragmento en que eso se explica también).  El fragmento que transcribo corresponde prácticamente al final del libro, por lo tanto no es recomendable para quien pretenda leerlo (aunque el daño no es grave: el desenlace no es lo más importante de una novela, y en ésta menos…). Corresponde a la tercera carta enviada por el Profesor a su esposa (aunque ésta tambien es ficticia…)

   ¿De qué se habla aquí? Principalmente sobre el Destino, Dios, la Guerra, el Bien y el Mal, el papel del escritor… en fin… obre la vida. Que lo disfruten.

«En cuanto al “casi” que separa la certeza absoluta de la probabilidad rayana en la certeza, se llama destino: Inshallah. Como Dios quiera, como Dios guste, Inshallah.” En una palabra, me ha dejado sin respuesta. Y después ha hecho algo peor. Porque ante la pregunta de si había encontrado la fórmula que buscaba, la fórmula de la Vida, ha respondido: “Sí. Se la acabo de dar. Es la palabra Inshallah. Pero yo la detesto, la aborrezco como la palabra destino: símbolo ambas de una impotencia y una resignación que asesinan el concepto de libertad y responsabilidad. De todos modos, para aceptarla, para creer en ella, aún debo repudiar la fórmula de la Muerte.” Cariño, la acepte o no él, crea en ella o no, también yo detesto la palabra destino: la palabra Inshallah. La mayoría ven en ella esperanza, buenos auspicios, confianza en la misericordia divina. En cambio yo, como él, no veo en ella sino sumisión, resignación, impotencia y renuncia a uno mismo. Padre-Celestial, Señor-Omnipotente, Jehová, Alá, Brahma, Baal, Adonai, o-como-te-llames: elige-tú-por-mí, decide-tú-por-mí. No señor, yo me niego a delegar en Dios mi voluntad y mi pensamiento. Me niego a renunciar a mí mismo y resignarme. Un hombre resignado es un hombre muerto antes de morir, y yo no quiero estar muerto antes de morir. ¡No quiero morir ya muerto! ¡Quiero morir vivo!

Quiero morir vivo y nunca me he sentido tan vivo. Nunca ha latido mejor mi corazón, nunca han respirado mejor mis pulmones, nunca ha pensado mejor mi cerebro. ¡Cuántas cosas pienso esta noche! Pienso tantas que para decírtelas todas tendría que vivir milenios. Y si el cálculo de probabilidades ofrece una casi-certeza rayana en la certeza absoluta, tengo por delante sólo doce horas de vida: apenas tiempo para decirte algo. ¿Qué cosa? Pues que ya no creo tanto en la profesión en que tanto creía: la profesión de soldado. Pero, ¿cómo explicarte semejante metamorfosis? Tal vez a partir de una historia que he sabido ayer por la noche. Una historia infame, terrible. ¿Recuerdas a sor Espérance, sor George, sor Milady, sor Madeleine, sor Francoise, las cinco monjas que quería incluir en el reparto de la pequeña Ilíada? Bueno, pues, las dos últimas están sanas y salvas: sor Madeleine en Marsella a donde logró escapar, y sor Francoise en el hospital Rizk donde trabaja de enfermera. Sor Espérance y sor George y sor Milady, en cambio, que se habían quedado custodiando el convento… Lo he sabido por Gigi el Cándido que a su vez lo había sabido por un Amal: testigo impotente o cobarde de lo que ahora se llama el-martirio-de-las-tres-monjas. Pobre Gigi. Lloraba como un niño, y llorando repetía: ” Yo a Armando no se lo digo, yo a Halcón no se lo digo. No se lo digo.” Sor Espérance ha tenido suerte. Ha muerto combatiendo, rechazando a golpes de crucifijo a los Hijos de Dios y partiendo la cara a-su jefe: un mullah jorobado, con turbante carmesí y el Corán colgado en bandolera, que las había encontrado en el sótano y las había arrastrado a la capilla. Media ráfaga de Kalasimikov le ha hundido el pecho. Sor George, no: no ha tenido suerte. Furioso porque sor Espérance le había roto la cara, el mullah jorobado la ha tomado con ella y la ha matado despacio: a bayonetazos. Ella mientras tanto rezaba. Recitaba el Ave María: “Je vous salue, Marie, pleíne de gráce… Le Seigneur est avec vous… Soyez vous bénie entre toutes les femmes et béni soit le fruít de vos entrailles … ” En cuanto a sor Milady, fíjate: los Hijos de Dios eran una treintena. Después de haberla desnudado y atado, la han torturado y violado y sodomizado. Uno por uno, como a las mujeres palestinas torturadas y violadas y sodomízadas por los falangistas en la matanza de Sabra y Chatila, o como a las maronitas torturadas y violadas y sodomizadas por los palestinos en la matanza de Damour, por los drusos en las matanzas del Chouf Después la han dejado allí, moribunda. No se han preocupado siquiera de rematarla con un tiro de gracia. Esta ciudad de hienas hambrientas. Esta necrópolis infecta y administrada por necrófagos infectos para los cuales matar o ser matado es el único modo de vivir. Esta capital del militarismo, el militarismo más abyecto, donde hasta los niños son soldados y la profesión de soldado ha substituido a todas las demás profesiones. Porque aquellos Hijos de Dios eran y son soldados, verdad. Aquel mullah era y es un soldado, verdad. Soldado, soldados de un ejército irregular pero soldados. Como soldados habían conquistado la colina, como soldados habían muerto para conquistarla, como soldados habían invadido el convento, y como soldados lo ocupan ahora con sus armas y sus banderas. Sí, estoy diciendo que es demasiado fácil echar la culpa a la guerra, refugiarse detrás de la entidad abstracta que llamamos guerra y a la que nos referimos como a una especie de pecado original, de maldición divina. El tema que hay que abordar no versa sobre la guerra. Versa sobre los hombres que hacen la guerra, sobre los soldados, sobre la profesión más antigua, más inalterable, más imperecedera que existe desde que existe la vida. La profesión de soldado. La profesión que yo amaba, respetaba, idealizaba, y ahora repudio. Porque he descubierto su error de fondo, su tara congénita. ¿Qué error de fondo, qué tara congénita? En la primera carta te escribí que el protoántropo colocado de guarda de su caverna, el homínido que con un bastón impedía a las fieras y a los enemigos entrar en ella, era un soldado. Sí, lo era. Un soldado igual a los soldados que están a la entrada de nuestras bases, delante de nuestros puestos de control, en nuestros miradores, en nuestros puestos de Bourji el Baraini o Chatila. Exactamente igual. lo recuerdo muy bien. Lo recuerdo muy bien porque lo conocía muy bien hace tres millones de años, cuando era un protoántropo también yo. Lo llamaba por su nombre. Lo llamaba Rocco, lo llamaba Rambo, lo llamaba Ferruccio, o Fabio o Matteo, o Luca o Nicola, o Clavo o Nazareno o Cebolla, o Stefano o Martino o Fifí, 0 Gaspare o Ugo o Bernard le Franl@ais, o Salvatore Bellezza hijo del difunto Onofrio… Y si no llevaba uniforme, no llevaba el chaleco antibalas, no llevaba el casco, en verano iba desnudo y en invierno se cubría con una piel de animal, pues paciencia. Si no lograba mantenerse erguido y no se ponía nunca firmes, pues paciencia. Su edad era la misma, y también su ingenuidad, su simpleza, su inocencia, su vicio de rezongar y lamentarse. Estoy-cansado, tengofrío, tengo-sueño, tengo-miedo, quiero-follar, quiero-ir-a-casa… Recuerdo también esto. Y después recuerdo que me daba mucha pena. Me daba tanta que cuando se lamentaba me habría gustado decirle: vete a descansar, muchacho. Ve a calentarle, ve a dormir, ve a superar el miedo, ve a follar con tu protoantropina, ve a casa. Me quedo yo de guarda de la caverna, me ocupo yo del mamut. Pero la profesión de soldado no consiste sólo en proteger el sueño de la tribu propia, impedir a las fieras que entren en la caverna dentro de la cual la tribu se aloja. Consiste también en la ampliación del territorio de dicha tribu, el aumento de su potencia, la imposición de su fe: cometido que hay que cumplir recordando lo que te han enseñado, es decir, que quien no quiere ceder su territorio o renunciar a su fe es un enemigo, que el enemigo es algo que hay que destruir, que destruirlo es derecho y deber de todo soldado, así como un privilegio concedido por la impunidad que el oficio de soldado garantiza. Así, cuando se le ordena que lo haga, el protoántropo que llamaba y llamo Rambo o Ferruccio o Fabio o Matteo o Luca o Nicola o Clavo o Nazareno o Cebolla o Stefano o Martino o Fifí o Gaspare o Ugo o Bernard le Francais o Salvatore Bellezza hijo del difunto Onofrio lo hace. Con su ingenuidad, su simpleza, su inocencia, su vicio de rezongar y lamentarse, obedece y va a conquistar las cavernas ajenas. Va a imponer su fe. Ya no cansado, ya no aterido, ya no adormilado, ya no atemorizado, ya no patético, irrumpe en ellas. Levanta el bastón y, convencido de realizar un gesto digno de encomio y exento de castigo, mata a quien encuentra: hombres, mujeres, viejos, niños, monjas. En nombre de Dios, de Alá, de Jehová, de Brahma, de Baal, o en nombre del capitalismo, del comunismo, del fascismo, del socialismo, del nazismo, del liberalismo, de la democracia y naturalmente de la patria, hunde el pecho a sor Espérarce que se defiende a golpes de crucifijo. Traspasa a sor George que recita el Ave María. Desnuda y ata y tortura y viola y sodomiza a sor Milady. Se convierte él en el mamut, en la fiera. Peor aún: cuando se le ordene que ejerza ese derecho y ese deber y ese privilegio dentro de su tribu, es decir, sobre los supuestos enemigos que se alojan en su propia caverna, obedecerá del mismo modo. De nuevo en nombre de la fe, de Dios, de Alá, de Jehová y naturalmente de la patria, detendrá a sus hermanos y hermanas. Los y las desnudará, los y las atará, torturará, violará, sodomizará. Los y las fusilará. Basta de hipocresías y de ilusiones: no siempre pero con frecuencia los soldados se manchan con culpas atroces. No siempre pero con frecuencia, y ya vayan desnudos o cubiertos de una piel de animal, ya lleven los uniformes con galones de un ejército regular, ya lleven los rudimentarios de un ejército irregular, cometen delitos tremendos. Delitos por los cuales quien no es un soldado va a la cárcel, es procesado y acaso condenado a la horca. 0 bien se lo considera loco y se lo encierra en un manicomio. Cariño, no pensaba en ello o no quería pensarlo cuando te escribía que el uniforme es un hábito, un concepto franciscano, un acto de humildad. En cambio esta noche lo pienso, y me siento cómplice de esos delitos. Porque es cierto que a mis protoántropos yo no les he enseñado nunca a matar monjas, es cierto que no les he ordenado nunca que ejerzan la violencia dentro o fuera de la caverna, pero en nombre de la patria y de otras cosas hermosas les he dicho que destruir al enemigo (o aquellos a quienes sucesivamente vamos denominando enemigos, que acaso mañana denominaremos amigos) es derecho y deber del soldado. Les he inculcado ese principio, sí. Directa o indirectamente les he contado que matar de paisano es un delito por el que se acaba en la cárcel y acaso en la horca, matar de soldado es una virtud por la que se reciben medallas de oro o de plata, coronas de laurel. Les he hecho creer en una palabra que existen dos modos de juzgar el Bien y el Mal. dos conceptos opuestos del Bien y del Mal. No hay concepto más aleatorio y desconocido que el de Bien y Mal, ya se sabe. Desde el día en que los hombres comprendieron que eran hombres (descubrimiento aterrador al que me alegro mucho de no haber asistido), no cesamos de utilizarlos sin dar una definición objetiva de ellos. Casi todas las que hemos coleccionado en una cincuentena de siglos son definiciones caducas, dictadas por la moda de una época o los prejuicios de una sociedad, impuestas por el fanatismo o los intereses de un momento, y en cualquier caso cretinismos desalentadores: supongo que lo reconocerás. No, no olvido lo que decía en la época en que lo comentábamos con los sagrados textos delante, de modo que las sentencias de Platán y Plotino, san Agustín y Descartes, Spinoza y Kant, volaban a nuestro alrededor como confetis. Pretender dar una definición objetiva del Bien y del Mal tenía sentido cuando el Bien y el Mal eran dos categorías éticas, es decir, un problema moral, decía yo. Tenía sentido cuando Dios y el Diablo estaban vivos y uno se presentaba como garante del Bien con el Paraíso, el otro del Mal con el Infierno, es decir, cuando las grandes religiones de la salvación determinaban nuestro comportamiento y se tomaba en serio el pecado, decía yo. Pero ahora que Dios y el Diablo han muerto asesinados por nuestros Nietzsche y por nuestros Freud y por nuestros Marx, ahora que las grandes religiones de la salvación han quedado desacreditadas por nuestra ciencia y nuestro raciocinio, ahora que el Paraíso y el Infierno se han convertido en dos fábulas, no se toma en serio el pecado. El Bien y el Mal ya no constituyen dos categorías éticas, es decir, un problema moral. Como máximo, constituyen un problema médico, un estado de salud o no-salud psíquica, un equilibrio o un desequilibrio debidos a fenómenos bioquímicos que influyen en el cerebro. Y la definición objetiva ya no tiene sentido decía yo. Esta noche no lo digo. Aun cuando sigo rechazando la i@ea de Dios y del diablo, las metafísicas del Más Allá, esta noche considero que había algo de verdad en los argumentos de quien tomaba en serio el pecado. Los argumentos de los Mesías que para inducir a los hombres a ser un poco menos malos les prometían el Paraíso o los amenazaban con el Infierno, los argumentos de los apóstoles que mediante la divinización del Mesías se dirigían a su voluntad y los colocaban ante sus responsabilidades. Cariño, no es posible que el Bien y el Mal estén compuestos de hemoglobina y clorofila, de vitaminas y hormonas. No es posible que dependan del metabolismo y de la biosíntesis de los carbohidratos y de los lipidos y de los prótidos, del porcentaje de ácido nucleico y de fósforo que se encuentra en la materia gris. No es posible que la voluntad no cuente, que la responsabilidad no valga, que incluso la ciencia farfulle Inshallah. Y si me equivoco, si las cosas son como afirman los herederos de Nietzsche y Freud y Marx, ¡que lo produzcan en los laboratorios farmacéuticos, ¡el Bien! Que obtengan con él una pomada, un ungüento, un jarabe, unapíldora, un supositorio que meter en el trasero, una vacuna que inyectar por vía intramuscular o endovenosa. Una vacuna que impida torturar violar sodomizar matar en la caverna propia y en las cavernas ajenas, una medicina que se pueda comprar en la farmacia. De lo contrario, y a costa de resucitar a Dios y al Diablo, el Paraíso y el Infierno, las religiones con sus anexidades y conexidades, a costa de correr el riesgo de un nuevo Torquemada ya que a los Torquemadas hemos aprendido a reconocerlos a tiempo y combatirlos, hay que reinventar el problema moral. Hay que volver a ponerlo de moda y dar la definición objetiva para usarla por doquier y por siempre jamás: “El Bien es lo que hace bien, es decir   ‘ la bondad, el Mal es lo que hace mal, es decir, la maldad.” Después hay que exhumar la idea del pecado, la conciencia del pecadoexplicar de nuevo que quien hace el mal comete pecado, quien comete pecado debe ser castigado en vida y después de la muerte. Hay que traducir ese razonamiento a todas las lenguas, escribirlo en todas las paredes, imprimirlo en todos los periódicos, transmitirlo por todas las radios y por todas las televisiones, embriagar con él a todo el mundo. Y ante todo a los militares que engañan con los dos modos de juzgar el Bien y el Mal, los conceptos opuestos de Bien y Mal. En cualquier caso, viva o muera, digo adiós a la profesión de soldado. Viva o muera, también digo adiós a la profesión de escritor. No, no pariré mi pequeña Ilíada. La novela que debía escribir con la sonrisa en los labios y las lágrimas en los ojos. La lúcida locura se ha disipado, la gravidez se ha interrumpido, y si me preguntaras qué la ha interrumpido… Podría responderte que la euforia de los días en que hablaba a bombo y platillo de las voluptuosidades literarias y de los heroísmos creativos se ha disipado porque me he dado cuenta de que además de ser un sacrificio monstruoso, una soledad atroz, un suplicio de Tántalo, el suplicio de rehacer rehacer y rehacer, el masoquismo de que hablaba Colette, escribir es algo peor: un perpetuo descontento de sí mismo y por tanto un perpetuo proceso a sí mismo, una perpetua condena de sí mismo. (Malditos sean los escritores improvisados, los escritores aficionados que no conocen dicho descontento.) En otras palabras, podría responderte, he descubierto que escribir no me gusta: que detesto escribir y que, sin ser Mozart recojo su trágica ocurrencia. “Monsieur, ¡e déteste la musique.” 0 podría responderte que he meditado sobre la profesión de escritor del mismo modo que he meditado sobre la profesión de soldado y he descubierto en él taras igualmente congénitas, vicios igualmente orgánicos, que envilecen el sacrificio monstruoso y ridiculizan la perpetua condena de sí mismo. Por ejemplo, no es en absoluto la profesión más útil de la creación. Jean-Baptiste d’Alembert, el philosophe del siglo x-VIII, tenía razón en observar que en una isla salvaje un poeta (léase escritor) no es muy útil. Un aparejador, sí. En una isla salvaje, añado yo, cualquier campesino o carpintero o zapatero o sepulturero o lavandera o sacamuelas es más útil que un escritor. Respecto a las necesidades inmediatas de la existencia, el escritor es un adorno superfluo. Una mercancía superflua. En cambio en una comunidad organizada es tan necesario como un campesino o un carpintero o un zapatero o un sepulturero o una lavandera o un sacamuelas, pero se convierte en un arma de doble filo: un ¡ano bifronte que, acaso sin quererlo y sin saberlo provoca muchos daños. No, cariño, no estoy renegando de lo que sostenía en la segunda carta: la metáfora del zahorí que encuentra agua en cualquier desierto, la alegoría de la vaca que pare terneros en sucesión. No estoy rechazando sus dotes de mago Merlín, su capacidad de ver cosas que los demás no ven, sentir cosas que los demás no sienten, imaginar cosas que los demás no imaginan, anticipar y transmitir ideas. El escritor realiza, o debería realizar, tales milagros. Pero, y eso es lo que en la segunda carta olvidé subrayar o rehuí hacerlo, es un ser humano: un hombre o una mujer con los defectos (no pocas veces exacerbados por su receptividad) de todo ser humano, las impotencias (no pocas veces agigantadas por la responsabilidad que asume) de todo ser humano. Y no siempre el agua que encuentra es agua pura. No siempre los terneros que pare son terneros sanos. No siempre las ideas que adelanta y transmite son ideas óptimas… 

Para qué nos vamos a engañar, cariño: a veces ni son ideas siquiera. Son masturbaciones de ideas, es decir, ideologías que esclavizan e impiden tener ideas, o chácharas que sobre el papel parecen sueños nobles y en la realidad cotidiana resultan tonterías descomunales. En cambio a veces son sugerencias diabólicas, proyectos venenosos que conducen a carnicerías. En el mejor de los casos, protestas sacrosantas que aspiran a extirpar un cáncer y acaban engendrando otro. (Reconocerás que detrás de todo baño de sangre llamado revolución hay un libro, detrás de toda locura constitucionalízada hay un libro, detrás de toda violencia colectiva hay un libro, y detrás de todo genocidio hay un Mein Kampf.) Y no es eso todo. Porque en este mea culpa no figuran los escritores que alimentan el cáncer lamiendo los pies al rey o a la reina de turno, es decir, prostituyéndose con quien cuenta y con quien paga, ni los escritores que no predican con el ejemplo. Los Séneca que aconsejan la frugalidad pero viven en el lujo, incitan a la rectitud pero apilan tesoros comprando por pocos sestercios los bienes de los ciudadanos exiliados o ajusticiados por Nerón. Los Montaigne que recomiendan la solidaridad pero si se declara el cólera en Burdeos (de la que son alcaldes) se encierran en el castillo y de nada sirve suplicarles: señor-alcalde-asámese-por-lo-menos-al-balcón. Los Rousseau que exhortan a educar al niño pero abandonan en un desolador orfelinato a los cinco hijos engendrados en la pobre Marie-Thérése Levasseur. Los Alfieri que cantan hossanas a la libertad pero tiranizan a los familiares, pegan hasta hacer sangre a los criados poco diligentes, rompen los huesos al barbero culpable de haberles desrizado un rizo. Los Tolstoi que cantan los gozos del matrimonio y los deberes del humanitarismo pero traicionan a su esposa, desfloran a las criadas, saltan sobre las campesinas indefensas. Los Marx que analizan las infamias del capital pero se casan con la baronesa rica, hacen amistades entre los ricos, y se enfurecen si su hija quiere casarse con un empleadillo honrado… En una palabra, y aunque no pueda quitar la razón a Séneca cuando replica que ser capaz de predicar las cosas justas no significa ser capaz de practicarlas, aunque sepa que escribir es un arte maldito no un apostolado ejercido en nombre de la utilidad pública, aunque me dé cuenta de que toda profesión creativa cuesta un sacrificio monstruoso y una condena perpetua de sí mismo, podría responderte que lo que ha interrumpido la gravidez de la pequeña Ilíada ha sido (junto con el moi-je-déteste-lamusique) un desencanto intelectual.

Pero diría una mentira, cariño. El verdadero motivo por el que no escribiré la novela que debía escribir con la sonrisa en los labios y las lágrimas en los ojos es muy distinto. Y es el de que yo no existo. Soy sólo un producto de la imaginación, una invención expresada en palabras y destinada a una esencia de papel. Por lo demás esa novela ya la ha escrito otra persona. Sólo le falta el epílogo. Así mismo, cariño. ¿Resolvemos por fin esta charada y confesamos cómo están las cosas? Hace poco una sombra con el morral al hombro, la sombra de la periodista de Saigón, se ha perfilado en la hoja y utilizando las palabras que en la primera carta utilicé para anunciarte la gravidez me ha dicho: ” Ya he escrito la novela con la que quería hablar de los hombres mediante la guerra porque nada como la guerra exacerba con tanta fuerza su belleza y su brutalidad, su inteligencia y su estulticia, su bestialidad y su humanidad, su valor y su cobardía, su enigma. Sólo falta el epílogo.” Después me lo ha resumido y me ha parecido caer en el abismo de una mise en abime. El juego, verdad, de pintar o fotografiar un espejo en el que se refleja otro espejo que a su vez lo refleja hasta el infinito en una sucesión de imágenes cada vez más pequeñas y cada vez más negras, por lo que al mirarlas te parece que caes dentro de un abismo. Su libro es en todos los sentidos mi libro, o el libro que según creía era mi libro. Todo coincide, todo. El tema desarrollado sobre el armazón de una ecuación matemática que expresa la eterna lucha entre la Vida y la Muerte. La trama cosida con el destino que la razón rechaza y que una mecánica ajena a nuestra voluntad, a nuestro libre arbitrio, confirma. La multitud de personajes incluido el protagonista que en el S = K In W de Boltzmann ve la fórmula de la Muerte y para combatirla busca la fórmula de la Vida. El lapso de tiempo en el que la historia se desarrolla, es decir, los tres meses que van desde un domingo de finales de octubre a un domingo de finales de enero. El comienzo con los perros que    se descuartizan y con la doble matanza que inicia la cadena de   los acontecimientos. El tercer camión que la batalla de Navidad    parece disipar y en cambio materializa. El dilema siempre tácito y siempre presente que al final estalla con la pregunta: ¿es de verdad destructivo el caos que según esa ecuación se come la Vida? ¿Es de verdad la Muerte la que vence a la Vida? He intentado defenderme, sacar provecho de la mise en abime. “Así pues, no me equivocaba al sospechar que usted era mi alter ego … ” he dicho. Pero la sombra ha movido la cabeza: “Al contrario, Profesor. Usted era el alter ego, mi alter ego. Profesor, usted no existe. Sólo es un producto de la imaginación, una invención expresada en palabras y destinada a una esencia de papel. No finja ignorarlo, Profesor: era yo la que movía los títeres en el escenario de la tragicomedia. Yo quien reía con ellos, lloraba con ellos, tenía miedo con ellos, moría con ellos. Yo quien temía carecer de dedos suficientes para manejar todos sus numerosos hilos. Los he inventado yo, Profesor: a usted, a Angelo, a Charlie, al Cóndor, a Azúcar, a Sandokan, a Halcón, a Águila Uno, a Gino y a todos los demás soldados que había conocido hace dos millones de años cuando también usted era un protoántropo, a Ninette o mejor dicho Natalia Narakat, a George Al Sharif, a Bilal, a las cinco monjas, a Gassán, a Rashid, a Passepartout, a Imaam, a Sanatin, a la niña Leyda, al niño Mahoma, a la yegua blanca de Tayoune… Cada uno de ustedes un alter ego mío, un aspecto o un posible aspecto de mí misma, una imagen reflejada por el espejo con el que intentaba hablar de los hombres.” Me he resistido. He replicado que también conmigo había intentado explicarlos, a los hombres. Y de todosmodos ¿no había hecho decir a Angelo que las palabras son carne de nuestra carne, verbo que se hace carne? Yo ya existía. Todos existían: negarlo equivalía a desmentir una de las dos verdades. Pero la sombra ya había desaparecido llevando consigo lo que le pertenecía. Ya está a punto de amanecer. La obscuridad se aclara en un delicado violeta, y se extingue el estruendo del combate nocturno. En los pasillos y por las escaleras se han intensificado las ¡das y venidas y las voces han aumentado de tono: “¡Preparaos que den_ tro de poco formaremos el convoy!” Pronto me llamarán, cariño. Debo decirte adiós: ¡ya ves qué breve es la vida! Demasiado breve, demasiado. Ya estés hecho de palabras o mejor dicho de papel, ya estés hecho de carne, dura lo que una flor del desierto. Una de esas flores que brotan por la mañana para secarse al atardecer. He leído que son muy hermosas las flores del desierto. Tal vez sean hermosas precisamente porque duran el lapso de un día. Eso las vuelve preciosas y… Me han llamado, me llaman. Debo despedirme. Adiós, cariño, gracias. Tampoco tú existes, ya lo sabes. También tú eres un producto de la imaginación, una imagen reflejada por un espejo, un aspecto o un posible aspecto de mí mismo: así como mi titiritera me ha inventado a mí, así también te he inventado yo a ti. Y sin embargo me has dado más de lo que me podría dar una persona existente. ¿Será la soledad la única compañía que tenemos para no sentirnos solos? ¿Será la imaginación la verdadera realidad? ¿Serán nacer y vivir y morir un sueño como el sueño de los sueños, es decir, ese Dios al que pedimos desesperadamente que exista incluso cuando pensamos que no existe, que lo hemos inventado nosotros?

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