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Un libro llamado Inshallah… julio 19, 2007

Filed under: comentarios de libros,Literatura — Juan Pablo @ 3:35 am

orianafallaci.jpg  Por: La Fuerza de la Razón

 Ésta vez me voy a referir a un libro espectacular: Inshallah de Oriana Fallaci (les puedo decir que el título significa “lo que Dios quiera”, pero para saber porqué tiene ese nombre hay que leerlo…) Éste es un libro monumental, de más de 600 pag, que sin embargo todo el mundo debería tener la paciencia de leer. Todo el mundo, porque la historia es impresionante: ni siquiera es una historia, son decenas, en total más de 60 personajes, que se enlazan en una trama prácticamente perfecta donde casi no quedan cabos sueltos… y donde se puede ver la cruda realidad: el dolor, la guerra, la desesperanza… y también la esperanza, también la felicidad y el amor. Queda expresado en este libro ese deseo de Oriana de entenderlo todo y a todos, de ponerse en el lugar de todos… por eso es tan largo, por eso tan complicado: no puede ser menos complicado que la vida misma.

   Lo que pego aquí abajo es el principio: un texto mitad alegoría y mitad real, una fotografía triste del ambiente de la novela…. Luego copio un diálogo desgarrador, una situación desgarradora, quizás una de las más terribles del libro… Después voy a publicar algunos pasajes más que son impresionantes…

« ACTO PRIMERO

CAPíTULO PRIMERO

-1- De noche los perros vagabundos invadían la ciudad. Centenares y centenares de perros que aprovechando el miedo ajeno se desparramaban por las calles desiertas, las plazas vacías, los callejones deshabitados sin que se supiera su proveniencia porque de día no se dejaban ver. Tal vez de día se ocultaban entre los escombros, en lbs sótanos de las casas destruidas, en las cloacas con los ratones, tal vez no existían porque no eran perros sino fantasmas de perros que se materializaban con la obscuridad para imitar a los hombres que los habían matado. Como los hombres se dividían en bandas ardientes de odio, como los hombres sólo querían despedazarse, y el monótono rito se celebraba siempre con el mismo pretexto: la conquista de una acera que los restos de comida y la podredumbre habían vuelto preciosa. Avanzaban despacio, en patrullas mandadas por un jefe que era el perro más feroz y más grande, y al principio no los notabas porque caminaban en silencio: la estrategia de los soldados que reptan sigilosamente para caer sobre el enemigo y degollarlo. Pero de pronto el jefe de la patrulla lanzaba un ladrido, como el toque de una corneta que anuncia el ataque a ese ladrido seguía otro ladrido, otro más, después el ladrido colectivo del grupo que se disponía en círculo para encerrar al grupo adversario, cercarlo para impedirle la fuga, y estallaba el infierno. Revolcándose en la podredumbre agresores y agredidos se hincaban los colmillos en el cuello y el lomo, se mordían en los ojos y las orejas, se desgarraban el vientre, y los aullidos de furor ensordecían más que las bombas. Fuera cual fuese el combate que desgarrara la noche, el choque entre los hombres, el estruendo de los perros que se mataban por la posesión de una acera superaba los estallidos de los cohetes, los estampidos de los morteros, las detonaciones de la artillería. Y nunca un instante de reposo, de tregua. Sólo cuando el cielo palidecía con la violácea claridad del alba y las bandas se esfumaban dejando charcas de sangre, carroñas de compañeros derrotados, volvías a oír los sonidos de la guerra hecha con cohetes, morteros y artillería. Pero en aquel momento comenzaba un tumulto nuevo y no menos aterrador: el de los gallos que locos de miedo habían perdido la noción del tiempo y en vez de anunciar la salida del sol se desgañitaban comentando aquellos sonidos con sus quiquiriquíes. Un cañonazo y un quiquiriquí. Una ráfaga de metralleta y un quiquiriquí. Un disparo y un quiquiriquí. Desesperado, aterrado, humano. Un doble sollozo en el que te parecía reconocer la palabra socorro. “¡Socorro! ¡Socorro!” Miles de gallos. Era como si cada casa, cada patio, cada terraza albergase un gallinero presa del delirio y cada gallo viviese con el único objeto de chillar su locura. ¿0 la locura de la ciudad, los tormentos del absurdo lugar que los mapas militares indicaban con la sigla 36S-YC-316492-015? Huso 36, faja S, cuadrado YC, coordenadas 316492, cota 15. Es decir, el Cuartel General del contingente italiano en Beirut.

(…) (En este intervalo se narra el atentado real ocurrido contra la delegación Estado Unidense y Francesa en 1983, con dos vehícuos kamikase, que en conjunto causaron 400 muertes. El narrador habla a continuación de Angelo, el protagonista…)

Le parecía que ya nada podía turbarlo. La prueba era que durante el trayecto sólo se había preocupado por la reprimenda que Charlie le iba a echar al descubrir que no había sacado ni una foto siquiera de los americanos. S*e sentía dispuesto a recoger mil cabezas decapitadas dentro del casco, a consolar a mil marineros deshechos en sollozos. Y en tono seguro dijo a Stefáno que lo esperara en el jeep, con paso decidido surcó el muro de los periodistas rechazados, se zambulló en el caos de las excavadoras y las ambulancias y los bulldozer, con ojos fijos miró lo que quedaba del edificio de nueve pisos ocupado por los franceses. Una sima negra a cuya orilla se asomaba una pirámide torcida. Allí el kamikaze había bajado con el camión al garaje subterráneo, el edificio se había visto embestido por la explosión en un lado de los cimientos y en lugar de desintegrarse había cedido sobre un flanco manteniendo su estructura: los nueve pisos se habían recostado unos sobre otros y en sentido oblicuo como una tarta de varias capas que se derrumba al sesgo formando escalones. En lugar de las varias capas, las ruinas de cada uno de los pisos y las víctimas atrapadas mientras dormían. Sobre los escalones, los equipos de socorro que renunciando a las excavadoras cuyo peso habría alterado el precario equilibrio de la pirámide desenterraban sólo con las palas y los picos. Junto a la sima negra, los cadáveres extraídos: casi un centenar. Por todos lados, los heridos que los escombros seguían soltando. Y unos lanzaban alaridos salvajes, otros se lamentaban con un hilo de voz, otros gemían invocaciones lastimeras.

“Maman!, ¡mamá! Maman!” “Ne me touchez pas, je veux mourir! ¡No me toquéis, quiero morirl”

“Mes jambes! ¡Mis piernas! Oú sont mes jambes? ¿Dónde están mis piernas?”

“Aidez-moi, je vous en supplie! ¡Ayudadme, os lo suplico!” Sí, una réplica de lo que ya había visto, concluyó. Después empuñó la Nikon, enfocó a un par de italianos que apartaban una viga arrancada, y se dispuso a tomar la primera fotografía. Pero no la tomó porque lo distrajo un bersagliere que había dejado la pala y miraba petrificado un objeto en el suelo. Era un bersagliere muy joven, se veía pese a la mascarilla que le ocultaba la mitad del rostro, y de su inmovilidad emanaba un espanto tan doloroso que sentías la necesidad de ir a ver qué objeto estaba mirando. Se le acercó, lo observó. Miraba un retrete del que salía un jirón de tela celeste con florecillas rosas. No, miraba algo que sobresalía con el jirón de tela celeste con florecillas rosas. Observó lo que era y exhaló un gemido ronco.

“Nooo … ”

Era una niña con la cabeza empotrada hacia abajo y tres cuartas partes del cuerpo dentro del retrete. Junto al jirón de tela celeste con florecillas rosas no sobresalía, de hecho, sino la parte inferior del vientre y una piernecita: el resto desaparecía dentro del retrete, engullido por la tubería de desagüe del retrete. Estaba hundido en él como el tapón de una botella en el cuello de la botella, y no lograbas entender a consecuencia de qué casualidad 0 coincidencia dinámica se había metido en él como un tapón de una botella en el cuello de la botella porque la tubería de desagüe era muy estrecha y el cuerpo de la niña no era muy pequeño. Y sin embargo la onda expansiva había provocado precisamente esto y… Apartó por un instante la mirada. Además sabía quién era aquella niña. Fawzia, la hija de la portera. Cuando iba a donde los franceses se la encontraba siempre en el pasillo de la planta baja. Estaba siempre allí jugando con las vainas de los cartuchos, y siempre llevaba puesto el mismo delantalito de tela celeste con florecillas rosas. Con su delantalito de tela celeste con florecillas rosas corría a su encuentro, levantaba una mano y le decía: “¿Tiene un caramelo para mí?”

“Sargento … ” balbució Ferruccio. “Sargento, ¿qué hacía aquí una niña?”

“Era la hija de la portera” respondió. “¡Oh, Señor!” “Tenía tres años … ”

“¡Oh, Señor!” “Le gustaban los caramelos …

“¡Oh, Señor!” “Vamos a sacarla … ”

Tardaron mucho en sacarla. Tardaron al menos una hora, sin que nadie los ayudara: los socorristas se ocupaban de aquellos a los que se podía salvar, no perdían tiempo con los muertos. Tardaron tanto porque estaba de verdad empotrada como el tapón de una botella en el cuello de la botella, y porque sólo disponían de aquella piernecita para sacar el tapón. La sujetaban por turno, con delicadeza, como si temieran hacerle daño y añadir tormento al tormento, después tiraban de ella con fuerza pero a cada tirón el tubo parecía tragarla aún más. Si ganabas un centímetro en seguida lo volvías a perder, para reconquistarlo tardabas una eternidad y, apenas lo reconquistabas, volvías a perderlo. “No lo consigo” jadeaban sucesivamente. “No sale, no lo consigo.” Pero lo consiguieron. Al final, la extrajeron entera. Un cilindro duro y rojo, una horripilante salchicha de la que colgaba una cola de rizos ensangrentados. Salió con el chasquido que hace un tapón sacado con el sacacorchos. ¡Plop! Entonces Ferruccio la metió en un saco de plástico, se quitó la máscara, y vomitó con un grito.

  “¡Cristo cabróóón! ¡Cabróóóóón!” Vomitó y gritó unos minutos, como si junto con el disgusto ante la horripilante salchicha quisiera escupir su desilusión: el dolor de descubrir que Beirut no le había servido ni siquiera para salvar una vida. Después recogió la pala, volvió a excavar y dijo:

   “Estoy muy, muy enfadado, sargento. Tenía diecinueve años, sargento… Diecinueve, la madre de Dios, diecinueve, y ahora ya no los tengo. Los he perdido. Porque desde hoy ya no creo en nada, sargento. Ni en Cristo ni en la Virgen ni en Dios Nuestro Señor ni en los santos ni en los hombres, en nada. Cristo no existe, la Virgen no existe, Dios nuestro Señor no existe, los santos no existen, no existen. Los hombres existen, pero sería mejor que no existieran. ¡Qué malos son, los hombres! Malos, malos, ¡animales! No, animales, no. Porque los animales se matan, se comen. No van con camiones llenos de hexógeno a lanzar a las niñas dentro de los retretes. ¿Quién era ese hombre del camión, sargento? ¿Quién era? Te lo digo yo, quién era: un hombre. Sí, un hombre con dos brazos y dos piernas y un corazón y un cerebro. Conque no me gusta haber nacido entre los hombres. Mejor nacer entre las hienas y las cucarachas, o incluso no nacer y se acabó. El año pasado escribí una redacción en la que decía que los hombres son superiores a los animales porque saben construir carreteras y puentes y casas y cúpulas y barcos y aeroplanos. Y además saben pintar la Capilla Sixtina, y escribir el Hamlet, y componer el Nabucco y transplantar corazones, e ir a la Luna. Cosas todas que los animales no saben hacer. Pero dije tonterías. Porque, ¿¡¿para qué sirve ser tan listos si después se lanza a las niñas dentro de los retretes?!? No, yo no creo en los hombres. Y como soy uno dé ellos, desde hoy ya no creo ni siquiera en mí. Sargento… no debía haber venido a Beirut. Si no hubiera venido aquí, creería aún en mí mismo. Y tendría aún mis diecinueve años. ¡Bobo! ¡Primo, bobo! Yo quería ver la guerra, por eso no dije que tenía la rótula partida en la rodilla izquierda. Bueno, pues ya he visto la guerra y no me gusta. No me gustan los ejércitos, no me gustan los uniformes. ¿Por qué has elegido este oficio, sargento? Yo no lo he elegido. Yo soy soldado de remplazo, yo estoy aquí por carambola o, mejor dicho, por error. Por curiosidad. En cambio, ¡tú!, para ti la guerra es un oficio. Tú también sabes hacer las porquerías que ha hecho el hombre del camión. Has aprendido a usar las bombas como un panadero aprende a cocer el pan. ¿Por qué? Yo no comprendo por qué alguien puede querer aprender cosas así. Yo he aprendido a usar el fusil, y me avergüenzo. Y pienso: ¿Y si le cogiera gusto yo también? No, no es posible, odio demasiado la guerra. Y si alguien me viene a decir que siempre ha habido guerra y siempre la habrá, le rompo los huesos. Le doy una paliza. Para vengarme de haber perdido mis diecinueve años, sargento. Dime que tengo razón, sargento.”

“Tienes razón” dijo. “Jura que no matarás nunca a nadie, sargento.” “Juro que no mataré nunca a nadie” dijo. Después le dio una palmada en el hombro y se fue sin sacar siquiera una fotografía.

“Stefano, volvamos al Cuartel General.” Y volvió al Cuartel General donde lo esperaba Ninette.

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