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La Iliada y lo humano julio 20, 2007

Filed under: comentarios de libros,Historia,Literatura — Netoli @ 10:43 pm

aquiles1.jpgEn este post quiero conversar con ustedes un poco acerca de este magnifico libro que es la Iliada.

De lectura obligatoria en el colegio – sobre todo en primero medio – a muchos pueden suscitar una serie de opiniones, ya sean positivas o negativas. Lo que pretende este post es poder motivar la lectura de esta grandiosa obra y comprender la importancia de ésta para nuestra civilización.

Retrocedamos bastante. Lleguemos al siglo XII o XIII antes de Cristo. En esa fecha se tienen los primeros indicios de que podría haber existido esta obra. Cabe señalar que su origen es oral. Eran los aedos (poetas líricos griegos, no confundir con los rapsodas) quienes cantaban esta historia acompañándose de una lira (intrumento de tres cuerdas) y al son de ésta, relataban al público las desventuras de sus héroes, así como también sus triunfos.

Quiero imaginarme a esta gente esperando con ansias a que apareciera el aedo. Quiero imaginármelos bebiendo un vino y comiendo algún entremés mientras escuchaban. Quiero imaginar su ansiedad por saber con quién se quedaría Helena, si Aquiles depondría su ira o si devolvería el cuerpo de Héctor a su padre, Príamo…

Pero ¿por qué leemos la Iliada? ¿Será porque con ella inauguramos la literatura occidental en el siglo VIII a.C. cuando a Homero – gran poeta – se le encargó la transcripción de la obra para la posteridad? ¿O será simplemente porque refleja todo lo humano?

Creo todas las alternativas. Pero me quedo con la última. Pues, en cierta medida, a través de las acciones y las palabras de los personajes podemos descubrir aspectos de nosotros que nos diferencian y nos colocan por sobre la creación, asimismo, aspectos que nos muestran tal cual somos, sin velos.

En la Iliada, la guerra de Troya sirve como trasfondo para comunicar diferentes aspectos de la vida y del ser humano. Cabe señalar que esta creación no es la historia de esta guerra. Recordemos que la Iliada se ubica en el décimo año del asedio que ha sufrido esta hermosa y prolífica ciudad por parte de los aqueos y sus aliados, además sólo relata los 54 días de la guerra.

Tampoco la Iliada relata el rapto de Helena por parte de Paris. Simplemente, tal acción, creo fue una excusa para provocar un conflicto bélico, pues, la bella mujer dice que han pasado veinte años sin ver a su esposo y debemos recordar que fueron diez años en los que se realiza la guerra.

LA IRA

Lo que relata la Iliada en realidad es la ira de uno de los más poderosos guerreros griegos: Aquiles. Hijo de Peleo y de la diosa Tetis, combatió sin tregua y obtuvo de los exitosos ataques un gran botín. Entre ellos, el más preciado: Briseida, la doncella de las mejillas sonrosadas. A quien hace su mujer.

Briseida le es arrebatada por una acción del todo injusta: Agamenón, en respuesta a la petición de Crises (a quien en primera instancia no obedece, sino más bien amenaza de muerte por pedirle de vuelta a su hija) y debido a la furia de Apolo y al asedio de éste al pueblo aqueo; decide devolver a Criseida – a quien tenía como mujer – para aplacar la ira del dios.

Agamenón, rey de micenas y gran guerrero aqueo, pide que se le dé algo a cambio de Criseida. Aquiles le responde que ya todo el botín fue repartido, pero con las ganancias de la guerra de Troya se le recompensará. No satisface esta respuesta al guerrero. Le dice a Aquiles que él sabe que tiene a Briseida y que, entregándosela como botín, se verá finiquitado el asunto. El pélida se enfurece y se niega. El sabio Néstor aconseja entonces regalar a Briseida, para que así el asunto se vea zanjado. Aquiles finalmente accede, pero llora. Su madre aparece y le pregunta qué le sucede. Entonces el guerrero pronuncia fatales palabras:

«Recuérdaselo, siéntate junto a él (a Zeus) y abraza sus rodillas; quizás decida favorecer a los teucros y cercar a los aqueos, que serán muertos entre las popas, junto al mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenon Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.»

Gracias a esa petición, se desata la maldición sobre los aqueos, ya que Zeus, obedeciendo la petición de su hija Tetis, decide no apoyarlos y dar su favor a los troyanos o teucros. Entonces intervienen los dioses. Palas atenea, Poseidón, Hera en el bando griego y Apolo, Iris, Ares en el lado troyano. Zeus se enfurece. No permite intervención. Los dioses de alguna u otra manera apoyarán a los hombres y a los pueblos, inclinando la victoria hacia uno u otro ejército.

Esa ira causó tantos males: «Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quien hizo presa de perros y pasto de aves – cumplíase la voluntad de Zeus – desde que se separaron disputando al Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles

Ira que es un sentimiento que nace del alma, que se dirige con pasión y puede destruir un mundo. En este caso, Aquiles escuchó a su alma y no a su razón. Ira como debilidad humana que se muestra sin pudores y que causó tanto dolor. La ira y sus consecuencias, nos hace meditar hasta qué punto la furia puede causar daño. Tanto en forma personal, como social. Así el germen de toda guerra. No obstante aquí no se habla de ambición, ni de poder, que son los ejes que comúnmente motivan a un conflicto.

Y por esta pasión los aqueos sufren bajas considerables, a tal punto que Patroclo – amigo íntimo de Aquiles desde su tierna infancia cuando llegó a casa de Peleo – se aparece en la tienda de Aquiles, llorando y éste le dice:

«¿ Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y deseando que la tome en brazos, la tira del vestido, la detiene a pesar de que está de prisa y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo? Como ella, oh, Patroclo, derramas tiernas lágrimas. ¿Vienes a participarnos algo a los mirmidones o a mí mismo?¿Supiste tú solo alguna noticia noticia de Ptía? Dicen que Menetio hijo de Actor, existe aún; vive también Peleo entre los mirmidones; y es la muerte de aquél o de éste lo que más nos podría afligir. ¿O lloras quizás porque los argivos perecen, cerca de las cóncavas naves, por la injusticia que cometieron? Habla, no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.»

A lo que Patroclo responde:

« Tú Aquiles eres implacable.¡Jamás se apodere de mí un rencor como el que guardas! ¡Oh, tú, que tan mal empleas el valor! ¿A quién podrás ser útil más tarde, si ahora no salvas a los aquivos de una muerte indigna? ¡Despiadado! No fue tu padre el jinete Peleo, ni Tetis tu madre; el glauco mar o las escarpadas rocas debieron de engendrarte, porque tu espíritu es cruel. Si te abstienes de combatir por algún vaticinio que tu madre, enterada por Zeus, te haya revelado, envíame a mí con los demás mirmidores, por si llego a ser la aurora de la salvación de los danaos; y permite que cubra mis hombros con tu armadura para que los teucros me confundan contigo y cesen de pelear, los belicosos dánaos que tan abatidos están se reanimen y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Nosotros, que no nos hallamos extenuados de fatiga, rechazaríamos fácilmente de las naves y de las tiendas hacia la ciudad a esos hombres que de pelear están cansados.»

Pero Aquiles piensa en sí mismo y en su afrenta. No vuelve a la lucha, sino que entrega a su amigo a la desgracia. Le dice que consiga la armadura necesaria con su madre, así disfrazado de él puede que los troyanos pierdan valor.

Así Patroclo, quien tiene un gesto de humanidad al no soportar ver morir a sus compañeros, viste la armadura y se enfrenta a las tropas enemigas, siendo alcanzado por Héctor – gran guerrero – y muerto por él.

EL DOLOR

La Iliada es una obra que presenta el sufrimiento de una manera honda y sublime. Se muestra el dolor frente a la pérdida de un ser querido. Dolor más hondo que pueda sobrellevar el ser humano.

Primero fue la ira que motivó a Aquiles a no participar de la guerra y desear mal a sus compañeros. No obstante, después de enterarse de la muerte de su mejor amigo, el dolor de la pérdida se convierte en alimento y energía para incorporarse al conflicto. Vemos a un Aquiles transido de dolor, que llora frente al cuerpo de su amigo a quien ya no podrá oír más su voz. Se araña la cara y tira de sus cabellos. Se culpa y siente que debe vengarlo. De esta forma teñirá de rojo el río Escamandro, de tantos y tantos cuerpos – entre ellos un hermanastro de Héctor que muere sin compasión a manos del valeroso guerrero – muertos por su mano. El río incluso le pedirá que cese, que ya no puede más con la sangre de tantos troyanos.

Finalmente, Aquiles, encuentra al hombre que arrebató la vida a su amigo. En la figura de Héctor se encuentra la pérdida de todo lo amado. Para su justa reivindicación debe extinguirlo.

Atenea va en su ayuda y, tomando la forma de Deifobo -amigo de Héctor -, motiva al guerrero troyano a atacar a su enemigo. Héctor acomete, pide la lanza a su amigo quien ya no está. Notando el engaño y sabiéndose perdido, cae en las manos de Aquiles:

« ¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas naves y te he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán igniominosamente, y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.»

Así da muerte a uno de los más gloriosos guerreros troyanos. Su madre, Hécuba, al enterarse de su deceso, dirá llorando:

« ¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué viviré después de padecer terribles penas y de haber muerto tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de orgullo para mí, el baluarte de los troyanos y troyanas, que te saludaban como a un dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para ellos; pero ya las Keres de la muerte y la Moira te alcanzaron.»

Una sombra de pesar se extiende sobre el pueblo troyano, dejando con el alma destruida a una familia completa. Príamo, sabiendo el triste destino que depara al cuerpo de su hijo, pasa noches sin dormir, días sin comer, en un duelo sin duelo, pues no tiene a su hijo para dar una sepultura justa. Los dioses se apiadan. Apolo intercede por Héctor y finalmente Tetis se dirige a hablar con Aquiles para preparar su corazón a la petición de Príamo.

Iris va donde el anciano Príamo y lo motiva a ir a la casa de Aquiles. Él prepara un carro, su mujer le pide que no vaya, que se quede. No escucha. Sólo escucha a su corazón y a los dioses. Despide a los troyanos intrusos que están en la puerta de su casa y los increpa. Se va solo, su único objetivo es tener en sus brazos el cuerpo de su valiente hijo.

Este anciano, siguiendo los consejos del dios Hermes, llega donde Aquiles. Se arrodilla ante él y besa sus manos. ¡Este anciano, este padre, besa las manos del hombre que dio muerte a su primogénito, al más amado! No podemos dimensionar esta acción. ¿Acaso seríamos capaces, frente a una situación semejante, de besar las manos de quien ha dado fin a los días de nuestro hijo?

Príamo hace recordar a Aquiles a su padre y termina diciéndole: « […] apiádate de mí, acordándote de tu padre; yo soy aún más digno de compasión que él, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mis labios la mano del hombre matador de mis hijos

Aquiles se conmueve. Este hombre tan valeroso, compuesto en la lucha, se conmueve. Toma la mano del viejo y vierten lágrimas. Invita a Príamo a cenar. Llegan a acuerdos, finalmente el cuerpo de Héctor es devuelto y una tregua de diez días se instala en ambas tropas.

Los troyanos, al ver el cuerpo de su héroe, salen todos y sienten una fuerte pena. El pueblo llora a su guerrero. Su familia, en el palacio, lo espera. Sobre todo Andrómaca, fiel esposa. En ella vemos la mayor muestra de amor y de dolor por la pérdida de su compañero:

« ¡Esposo mío! Saliste de la vida cuando aún eras joven, y me dejas viuda en el palacio. El hijo que nosotros ¡infelices!, hemos engendrado, es todavía infante y no creo que llegue a la juventud; antes será la ciudad arruinada desde su cumbre. Porque has muerto tú que eras su defensor, el que la salvaba, el que protegía a las venerables matronas y a los tiernos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas naves y a mí con ellas. Y tú, hijo mío, o me seguirás y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en provecho de un amo cruel, o algún aqueo te cogerá de la mano y te arrojará de lo alto de una torre, ¡muerte horrenda! irritado porque Héctor de matara el hermano, el padre o el hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra a manos de Héctor. No era blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le lloran todos en la ciudad. ¡Oh, Héctor! has causado a tus padres llanto y dolor indecibles, pero a mí me aguardan las penas más graves. Ni siquiera pudiste, antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias que hubiera recordado siempre, de noche y de día, con lágrimas en los ojos. »

LA MUERTE

La muerte es omnipresente en el relato. Todo nos lleva a ella. A través de la ira y a través del dolor. La única posibilidad del héroe de sobrevivir más allá de su extinción, es que sea recordado. Pues la muerte en la Iliada no tiene trascendencia. El héroe es recordado por sus actos y a través de ellos se eleva y vive.

De esta forma Tetis anuncia a su hijo que su vida será breve. Andrómaca prevee la muerte temprana de su pequeño hijo. Patroclo aparece en sueños a Aquiles y le demanda su entierro con su justa celebración. Héctor, agonizante, suplica al guerrero aqueo, rey de los mirmidones, que devuelva el cuerpo a sus padres, para que su alma vuelva al Hades y no quede dando vueltas al ser su cuerpo alimento de los perros y las aves.

Así se relaciona la muerte con la trascendencia y con las costumbres: las plañideras que esperan al cuerpo de Héctor, los juegos que enmarcan el entierro de Patroclo, en donde se dan muestras de fuerza, astucia y resistencia. La pira y el túmulo que despiden así los cuerpos de tan grandiosos guerreros.

Hay tantos aspectos que aparecen en la Iliada y que dan cuenta de la forma de percibir la vida y el mundo que este post es insuficiente para abarcarlos. Quise, en cierta forma, demostrar tales puntos a través de la ira, el dolor y la muerte que son aspectos que están hondamente relacionados con el ser humano y que lo definen frente a las otras especies. Si bien, la muerte es un elemento presente en toda la vida de la tierra y todo está supeditado a ella, en la Iliada se da a través de la muestra genuina del dolor, del amor y del alma humana.

Finalmente, como dijo Dostoievski acerca de la Iliada: « Confirió a la vida terrestre y espiritual del mundo antiguo una estructura semejante a la que dio el cristianismo al mundo moderno.»

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5 Responses to “La Iliada y lo humano”

  1. […] jóvenes que deben leer este magnífico texto, el año pasado se publicó un comentario acerca de la Iliada en el blog Literlabia. Pincha los links para conocer y […]

  2. melissa Says:

    esta buenooooooooooooooooooo

  3. motga marfy Says:

    esta buena la istoria

  4. inés Says:

    Muy buena tu reseña, sobre todo por lo conmovedora. Para mi gusto, tal vez un poco “moderna”. Te recuerdo, la ira era la expresión de los dioses, esto tanto entre los griegos como entre los hebreos. Por lo tanto, es un sentimiento divino que mueve a los mortales a la acción, siempre más venerable que, como vos mismo decís, la misma muerte. La connotación negativa, su calidad de vituperio moral, corresponde más a nuestra época que a esos momentos.

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