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Tocar el corazón con un alfiler agosto 19, 2007

Filed under: cuentos — Netoli @ 11:52 pm

Si yo pudiera describir su mirada. Hay un espacio ahí que nadie quizá pueda descifrar. Un espacio con coordenadas traspuestas, para el buscador incansable. Un lugar inaccesible, un absoluto misterio.

Quizás por ello y por otras cosas él se le había vuelto imprescindible. Ella quería descifrar los códigos ocultos, traducir el espejo que invariablemente estaba vuelto hacia una luna cabizbaja y sorda a los rumores humanos. Porque además, así era él, impenetrable. Pero no existe un único camino. Y seguramente ella erró la senda. No obstante tarde lo descubrió. Se dio cuenta cuando él ya se había enraizado en lo más profundo de su corazón. Y ella que creía haber vivido tanto. Haber vivido todo no es suficiente para conocer una vida y que ésta permanezca latente en nuestro corazón.

Si yo pudiera encontrar el acertijo. O enunciarlo. Pero entonces está el miedo a perder el encanto, a no poder inventarse una y otra vez, como si esto fuese una necesidad imperiosa, un mandato divino. Lo que se le olvida a esta mujer es que simplemente no podemos disponer de nada a nuestro antojo. Lo que ella sueña, vive invariablemente en esa tierra que no existe, porque los sueños sólo son en esa categoría. ¿Y qué es lo que sueña? Me pregunto una y otra vez. Ella sueña con su mirada y que habita en ella.

Pero qué digo, si él vive detrás del cristal que primorosamente haz pulido y sacado brillo para que reluzca. Él no es de esta esfera ni de este mundo.

Elena estaba cansada de esperar a Andrés. Llevaba media hora sentada en un escalón de la puerta de un edificio estropeado, enmohecido por la rutina centenaria. Habían quedado, como siempre lo hacían después de las continuas peleas, de tratar de conversar una vez más. Quizás Andrés ya estaba cansado de todo esto, de este ir y venir de palabras, de este absurdo interrogatorio. Ya estaban acostumbrados a sepultarse bajo la arena ante el más mínimo desencanto y a salir de ella a tenarazos, defendiendo hasta la última integridad a pesar del caparazón y la defensa.

La discusión de la otra vez había empezado con algo absurdo. Elena le echaba en cara el descuido de él al no contestar sus llamadas. Pero él seguía mudo bajo los olmos de la avenida y parecía pensar en otra cosa. Lo que Elena quería realmente expresar era el desconcierto que le producía su mirada, ya que ésta lo único que comunicaba era un profundo desaliento. En un momento, Andrés quiso contestar, pero una nueva avalancha de aspectos disímiles y olvidados surgía de repente de esa relación. Aspectos que él ni siquiera había atisbado. Nunca pensó que tales detalles podrían desconstruirla…

Esto último pensaba Andrés cuando Elena cruzó la calle, separándose de él. Ella lo miraba desde la acera del frente. Él pensó en cruzar, pero le dio flojera y comenzó a hacerle señas con la mano. La chica se dio media vuelta. Hizo parar una micro y se fue. Él se quedó mirando. Pero no sintió nada. En otro momento quizás hubiese corrido detrás de la micro, lanzándose hacia ella, rogándole…en otro momento…quizás.

Entonces se fue caminando lentamente hacia su casa e increíblemente comenzó a sentirse mejor. Ya no sentía ese peso en su espalda. Ni ese pequeño dolor en el pecho. Estaba casi feliz. Digo casi, porque aún le daba vueltas esa extraña actitud de Elena. Comenzó a mirar las vitrinas de las tiendas que quedaban cerca de su departamento y luego se olvidó del todo.

Lo volvió a recordar esa noche cuando invariablemente el ruido del celular le trajo su nombre y toda la historia. Otra vez. Elena llorando a través de la distancia. Su voz tan pequeña, tan frágil. Un leve estremecimiento recorrió la conciencia de Andrés. Tal vez si se daban una nueva oportunidad…

Ya eran casi las seis y Andrés no llegaba. La muchacha miraba a unos perros que jugueteaban cerca de ella con un trozo de cartón. Seguramente ese trozo fue el envoltorio de algún pedazo de carne y su presencia aún retozaba en los pliegues de lo que fue una caja, ahora convertida en centro de una lucha inútil. Porque en el fondo eso era lo que ella sostenía. Una lucha inútil. Siempre había sido lo mismo. Pelear para sólo conseguir migajas ¿Es que siempre había errado el punto? Los perros ahora se mordían, en el fondo reían a su manera. Eran cachorros. Aún no les llegaba la edad de la desconfianza.

Esa imagen le hizo recordar a Elena su propia edad. En el mundo que le habían construido sus padres. De nunca cruzar la calle ni traspasar el umbral sin una meditación. Entonces ella confiaba. Esa confianza la hizo caer. Lo peor no fue darse cuenta de lo que sucedía, sino que se lo dijese otro y de la manera más cruel posible: tocando el corazón con un alfiler.

Tocar el corazón con un alfiler no se da cuenta uno de lo que sucede. Es un leve pinchazo que estremece, un leve escalofrío y si una ventana está abierta o saliste sin abrigo, no te das cuenta que te han dañado. Porque no es sólo el pinchazo, sino que el alfiler va quedando dentro y va matando su derredor. Ya cuando comienzan las fiebres y después de un pésimo reposo, te das cuenta que una parte de ti ha quedado insensible. Y ¿quién lo provocó? Buscar al culpable en esas circunstancias es toda una odisea. Nadie sale ileso. Ha nacido la desconfianza.

Yo no quiero volver a enfermar así. Andrés, me haces mal. Pero ese dolor no puedo dejar de paladearlo. Es tan dulce y a la vez tan indeseado. No puedo vivir sin él. Se queda y yace como una droga. Me grita “más”, cuando ya me he entregado del todo. Pero esto se ha vuelto tan hostil, tan desconocido para mí. No sé qué juego hace. Yo creo que ni siquiera juega, lo peor, es así. Nunca podré saberlo. Miro a sus ojos y estos callan. Súbitamente. Creo que debería conformarme en no descifrarte jamás. Conformarme con el regalo de tu persona, a pesar de que tu mirada no me permite confiar en ti plenamente…

Seis y media. Elena se levanta rápidamente y camina a lo largo de la avenida. No quiere mirar atrás. Sus ojos no quieren que ella vea su fracaso. La chica está tendida en el piso sin fuerzas. Cansada. Quizá pida agua a los transeúntes que pasan por su lado sin verla. Tal vez se quede así para siempre en un estado permanente, con un alfiler lacerante que se pierde hasta disolverse en el último respiro de sus venas.

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One Response to “Tocar el corazón con un alfiler”

  1. Lorena Francisca Says:

    ooo me da tanta pena este cuento. Y esta frase “Creo que debería conformarme en no descifrarte jamás” les juro que se me hace un nudo en la garganta.

    Mucho de mí hay en este cuento. Mucho de mi amor hacia una persona que fue un imposible.

    Bueno, eso es todo.


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