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LA IMAGEN DEL AGUA EN LA AMORTAJADA, DE Mª LUISA BOMBAL marzo 12, 2008

Filed under: comentarios de libros,Historia,Literatura — Netoli @ 2:36 am

Por Marco Aurelio Rodríguez

―Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
Vienes a recoger las flores que cortaste,
Y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
Como una gran flor de lis, la blanca Ofelia flotar

(Arthur Rimbaud).

Ofelia, desde mucho antes que Shakespeare, alude al sueño de la princesa dormida, sumida en las aguas de los bosques encantados.

Prometida del atormentado príncipe Hamlet, enloquece cuando éste, por confusión, mata a su padre Polonio y chambelán de Hamlet. En su desvarío, Ofelia vagabundea junto a un lago, recogiendo flores, y muere ahogada en sus aguas inútiles. El nombre “Ofelia” podría estar inspirado en el griego he ofeleía (el socorro, la ayuda) o quizás derivar de la palabra griega apheleia, que quiere decir inocencia.

Los símbolos son un coeficiente de los misterios del espíritu humano que el arte presiente y reconvierte a cada momento. Es lícito pensar que Shakespeare, en el nicho del agua, en esa cripta, salvaguarda la dulzura, la sencillez, el candor, la sinceridad, la delicadeza (en los sentimientos y en los actos) y, sobre todo, la inocencia de una niña impoluta, tanto en su forma de relacionarse con su hermano hasta la sumisión y humildad que muestra hacia su padre, o por su timidez en presencia del amante frente al estremecimiento de su delirio.

El agua es ―para Cirlot― el elemento “mediador entre la vida y la muerte, en la doble corriente positiva y negativa, de creación y destrucción”. El agua primitiva de la vida y las aguas finales del inconsciente.

El agua, de por sí amorfa, no asiste a otra representación más que a la de Ofelia a modo de sinécdoque (su cabellera infinita, su cuerpo de niña que juega un sueño incorrupto). Su figura connota la atracción hermosa de la muerte que seduce a los poetas “en una gradual progresión que lleva al sujeto a desear no ser en lugar de ser, ese anhelo oscuro que también animaba el soliloquio de Hamlet”.

El agua (el río) muestra voluntad de bosque que seduce y atrae a su jergón, de meandro que inunda a la doncella, como en El laberinto del Fauno (inspirada rotundamente en el relato El libro verde, de Arthur Machen), esa niña-Ofelia asesinada por su ogro-padrastro.

Ana María, La Amortajada de Mª Luisa Bombal, que “no ignora que la masa sombría de una cabellera desplegada presta a toda mujer extendida y durmiendo un ceño de misterio, un perturbador encanto” (10) , es la imagen de la princesa dormida. Lo mismo que todos los personajes de la Bombal. Y, de modo semejante que la Bombal con sus personajes femeninos, Ana María revive a su madre: “Algo así como un perfume flotaba alrededor de la tierna evocación” (35).

Recuerdo el caso de una anciana que, al despedirse de su hermana que yacía en una caja mortuoria, veía a través del vidrio la imagen de sí misma. ¡Eran idénticas, la viva y la muerta separadas por un espejo de agua! La cripta es un espejo donde se refleja el mundo. La cripta es un espejo que piensa el mundo. Cuando la Bella Durmiente es abatida en su sueño de cien años, “todos se durmieron, para no despertarse más que en el momento en el cual lo hiciera su dueña, a fin de estar dispuestos a servirla en cuanto ella los necesitase, e igual sucedió con los asadores que se encontraban encima del fuego llenos de perdices y faisanes, pues se unieron en el sueño, inmovilizándose, como también las llamas”.

¿Qué le ocurre a La Amortajada con su esposo? ¿Puede reflejar su ser en él…?

“Recuerda como si fuera hoy el jardín estrecho y sin flores, tapizado de musgo sombrío y el estanque de tinta sobre cuya superficie se recortó su propia imagen envuelta en el largo peinador blanco.
Pobre Antonio. ¿Qué gritaba? «Es un espejo, un espejo grande para que desde el balcón te peines las trenzas».
¡Ah, peinarse eternamente las trenzas a esa desoladora luz de amanecer!
Miró afligida el paisaje que se reflejaba invertido a sus pies. Unos muros muy altos. Una casa de piedra verdosa. Ella y su marido como suspendidos entre dos abismos: el cielo, y el cielo en el agua.
–«Lindo, ¿verdad? Mira, lo rompes y se vuelve a armar…»
Riendo siempre, Antonio agitó el brazo para lanzar con violencia un guijarro que allá abajo fue a herir a su desposada en plena frente.
Miles de culebras fosforescentes estallaron en el estanque y el paisaje que había dentro se retorció, y se rompió” (67-68).

“¿Qué le estaba proponiendo [Antonio]? ¿Organizar toda una existencia allí, en ese fondo de mar (…)

–«Quiero irme»”. (72)

Los personajes de Mª Luisa Bombal sufren de carencias, ejemplo (“¡horror!”) del “espejo del vestíbulo trizado de arriba abajo” (68) de la casa que acoge a Ana María recién casada; y ese desmenuzamiento de espíritu hace que caigan los seres en pedazo (“–«Quiero irme»”), a veces vencidos por la inutilidad de la paradoja, como cuando Ana María quiso ser necesaria en la vida de su esposo (cuando “comprendió que ella no era, no había sido sino una de las múltiples pasiones de Antonio”): “Era una mañana de sol y el día se anunciaba esplendoroso. Contra los vidrios empavonados de la ventana golpeaban en multitudes las libélulas. Del jardín subían los gritos de los niños persiguiéndose con la manguera de regar” → “Sus ojos se habían llenado de lágrimas que enjugó en seguida, pero ya, silenciosas afluían otras, y otras, y otras… No recuerda haber llorado nunca tanto” (77). Y nuevamente la figura, ahora filosa, del agua lacerada.

¿Quién es, entonces, el príncipe capaz de despertar a Ana María del letargo? ¿Fernando, tal vez…?

“¡Pobre Fernando! Ahora se acerca para tocarle tímidamente los cabellos; sus largos cabellos de muerta, crecidos hasta durante esa noche.
(…) Algo revolotea pesadamente entre las flores y se posa sobre la sábana, algo abyecto… una mosca.

¿Por qué titubea y detiene su impulso ahora que puede besarla?
¿Por qué la mira fijamente y no la besa?” (60)

El único que colma los reflejos es Ricardo, “el obstinado silencio de Ricardo” (“Dormías, y yo, coraje inaudito, me extendí en la paja a tu lado (…) Dormías, y yo te miraba presa de una intensa emoción” [16]). Obstinado en sí mismo no responde, siempre se queda al otro lado, inmerso en su propio cauce: “–«Se ha perdido intencionalmente en la montaña o se ha tirado al río. Conozco a mi hijo…» –sollozaba tía Isabel” (18). “El viento retorcía los árboles, golpeaba con saña la piel del caballo. Y nosotros luchábamos contra el viento, avanzábamos contra el viento. / Volqué la frente para mirarte. Tu cabeza se recortaba extrañamente sobre un fondo de cielo donde grandes nubes galopaban, también, como enloquecidas. Noté que tus cabellos y tus pestañas se habían oscurecido; parecías el hermano mayor del Ricardo que nos había dejado el año antes. / El viento. Mis trenzas aleteaban deshechas, se te enroscaban al cuello” (18).

A veces, él la lleva ―es un mínimo instante la felicidad― a su mundo de narciso:

“Alguien, algo, la toma de la mano, la obliga a alzarse.
Como si entrara, de golpe, en un nudo de vientos encontrados, danza en un punto fijo, ligera, igual a un copo de nieve.
–«Vamos».
–«¿Adónde?»
–«Más allá».
Baja, baja la cuesta de un jardín húmedo y sombrío.
Percibe el murmullo de aguas escondidas y oye deshojarse helados rosales en la espesura” (34)

Ricardo, su bosque inquebrantable: “en el corazón y en los sentidos de aquel hombre ella había hincado sus raíces”. De allí la embriaguez final (todo se desprende de su materia, “los macizos eucaliptos [imagen varonil]. A lo largo de sus troncos, cuelgan, desprendidas, estrechas lonjas de corteza que descubren, por vetas, una desnudez celeste y lechosa” (imagen de ella) [92]): “Y alguien, algo, la empuja canal abajo a una región húmeda de bosques” (85).

“Ya el cortejo se interna en el bosque”. 93

Siente “como si hubieran cavado el fondo de la cripta y pretendieran sepultarla en las entrañas mismas de la tierra” (106), como si removieran sus raíces (“la muerte de los muertos”) y la deshabitaran de Ricardo, su otro hijo no nacido. ¿Cómo es el cielo para ella?: “–Me gustaría que fuera lo mismo que es esta tierra. Me gustaría que fuera como la hacienda en primavera cuando todas las matas de rosales están en flor, y el campo todo verde, y se oye el arrullo de las palomas a la hora de la siesta… Me gustaría, eso sí, algo que no hay en la hacienda: …me gustaría que hubiera venaditos que no fueran asustadizos y vinieran a comer en mi mano… Y me gustaría también que mi primo Ricardo estuviera siempre conmigo, y se nos diera permiso para dormir de vez en cuando por las noches en el bosque, allí donde el césped es verdadero terciopelo, justo al borde del afluente…” (97-98)

Luego: “Callaste. Hubo un silencio”. Y el mundo, como un agua enloquecida, continuó su marcha.

notas:
1. Mujeres del agua, María Lucía Puppo.
2. Me he valido de un sobrio ejemplar de Editorial Universitaria de La Amortajada de María Luisa Bombal, Santiago de Chile, octava edición, septiembre de 1992. La paginación va señalada en paréntesis

*Acerca de la imagen:

Ophelia (1851-1852). Óleo sobre lienzo 76,2 x 11,8 cm. Tate Gallery, Londres. Sir John Everett Millais (1829-1896).
La pintora, poetisa y arquetipo estético prerrafaelista Elisabeth Eleanor Siddal, fue la paciente modelo de esta obra magistral. En interminables sesiones posaba sumergida en una bañera con un precioso vestido antiguo que el pintor había encontrado para la figuración. Según cuenta el hijo de Millais en su obra biográfica sobre su progenitor, un día no se pudo calentar el agua y Elisabeth enfermó durante varios días. El padre de la artista se enfadó considerablemente con el pintor, requiriéndole una satisfacción económica. Lo cierto es que una vez recuperada del enfriamiento ‘acuático’ no volvió a trabajar para Millais. Parece que Lizzie padeció frecuentes problemas de salud. Una probable tuberculosis y trastornos del ánimo, le habrían inducido a consumir láudano en exceso y la habrían llevado a una muerte prematura. La identificación ‘poética’ entre Ofelia y Siddal ha sido tentadora, y abundan las referencias al posible suicidio de la artista, si bien el único dato cierto es el de su certificado de defunción, donde figura ‘muerte accidental’ como cau
sa.

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One Response to “LA IMAGEN DEL AGUA EN LA AMORTAJADA, DE Mª LUISA BOMBAL”

  1. Giovanna Says:

    Excelente escrito, incluso nos preoporciona mucha información también sombre la obra pictórica. Siga sí, espero seguir leyendo su blog. Desde Panamá, un abrazo!


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